A la velocidad de la luz

(publicado en soitu.es el día 26-05-2009)

El día que me murieron, MARÍA BUENO – Cuadros de Brasero, MIGUEL ÁNGEL BARBA. Galería Rafael Pérez Hernando. Calle Orellana, 18. MADRID. Hasta el 6 de Junio de 2009.

María Bueno, “El trenzado”, 2009, Acrílico sobre lienzo, 160×130 cm. Courtesy of: Galería Rafael Pérez Hernando

Un día – hace un par de años – un amigo pintor italiano me dijo (o por lo menos me acuerdo que me dijo) lo siguiente: «La característica implícita del arte es comunicar a través del lenguaje de las formas, sin tener que apoyarse en teorías o palabras. En tal caso perdería su fuerza, que está justo en el comunicar en directo, a la velocidad de la luz.» Me acordé de estas palabras nada más acercarme a los cuadros de María Bueno Castellano (Málaga, 1976) y de Miguel Ángel Barba (Ciudad Real, 1976), actualmente expuestos en la Galería Rafael Pérez Hernando de Madrid. De hecho, en ambos casos se trata de obras que comunican a “la velocidad de la luz”, sin dejar tiempo para pensar; para hacer comparaciones mentales o evaluaciones razonadas.

Las formas y los colores de María Bueno siempre hablan, directamente y gentilmente, de un mundo interior expandido y amplificador, que se hace cargo, concientemente, de una participación determinada en el mundo, con el fin de mejorarlo. De hecho, la fuerza evocativa de estas obras deriva de una intervención casi primordial en la realidad, a través de un sello íntimo y personal, que trata de atribuir un significado “distinto” a los objetos y al espacio que conforman el entorno de referencia de la artista. Sus obras se inspiran a un imaginario “candido”, en el sentido voltairiano de “puro” y optimista, es decir, no contaminado por la hipocresía de un mundo que se revela en muchas ocasiones cínico y bárbaro. En este sentido, la artista se sirve de una técnica “imperfecta” y de colores acrílicos manifiestamente “antinaturales” para recrear, dentro del espacio físico del lienzo, la experiencia emotiva interior asociada a puntuales episodios autobiográficos (en ocasiones irónicos, graciosos y ligeros, a veces profundos y reflexivos) que alcanzan un valor universal; puesto que hablan el lenguaje de la intimidad, del recuerdo, del sueño y de la fantasía.

La pintura de María Bueno refleja referencias claras a la iconografía “primitiva” del dibujo infantil y al mundo del cómic, pero también a las tradiciones callejeras de los murales y del spray art del graffiti. Estos cuadros, en realidad, representan una toma de posición clara y precisa sobre el rol del artista en la sociedad contemporánea. Se trata, en definitiva, de una asunción de responsabilidad por parte del artista, que llega a desempeñar, a través de su oficio, un papel social “catártico”. Vista desde esta perspectiva, de hecho, la experiencia artística puede llevar a cabo un proceso de “purificación” y liberación de los individuos, tanto a nivel de la personalidad sujetiva como a nivel de la actuación social. Recientemente, María Bueno participó en proyectos de intervención artística en los barrios de La Palma-Palmilla y Nueva Málaga a fin de promover la recuperación de edificios abandonados y de estimular la socialización de grupos de mujeres en contextos tradicionalmente “difíciles”. Se trata de experiencias que se anudan idealmente a otros proyectos, como el brasileño Identidade de Rua (finalizado a la intervención artística en la red de metro de la Região Metropolitana de Porto Alegre) en el que participaron street artists brasileños consagrados como Os Gêmeos, Nina, Ise y Trampo. A este propósito, es muy significativa una frase de María Bueno (extraída del diario de la propia artista y citada en la nota que acompaña sus obras en la exposición): «Nunca logro acordarme si, de la Escuela de Bellas Artes de Toulouse, me autoexpulsé o me expulsaron. Lo cierto es que nunca llegué a completar mis estudios. Lo que sí puedo asegurar rotundamente, es que de allí salí con la idea certera de que la vida no merece la pena ser vivida sin luchar por lo que uno entiende como vital: en mi caso la pintura.»

Por su parte, la interesante exposición de Miguel Ángel Barba, Cuadros de braseros, se presenta, más que como un conjunto de obras, en forma de instalación pictórica. Se trata, en realidad, de un fascinante “mundo de mundos”: un mosaico compuesto de pequeños lienzos, de diferentes dimensiones, que se apoderan del espacio expositivo. Lo que llama la atención, en este caso, es la imparable voluntad de pintar del artista; su afán de expresarse y de representar pictóricamente a toda costa. Decenas de micro-historias, contadas a través de imágenes “densas” – trazadas en muy poco espacio y con recursos signicos sintéticos – saturan las paredes de la “Cripta” (la pequeña planta inferior) de la galería madrileña, generando un notable impacto visual. En términos científicos, esto sería un “sistema” artístico, una “obra-sistema”, en el sentido de que el resultado final es mucho más que la suma de las partes que lo componen. En este sentido, la realidad compleja y “emergente” de esta “meta-obra” da la vida a una síntesis expandida, casi orgánica, de imágenes, como si se tratara de pequeñas pantallas yuxtapuestas, o pequeñas ventanas abiertas. El lenguaje de la obra, de hecho, parece acercarse al lenguaje del montaje cinematográfico, puesto que “habla” como un unicum, compuesto de pequeños frames pictóricos de memoria y de realidad representada.

 

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