Como una bola de cañón – por Miguel Calzada

Letras que suenan

Con el magnífico musicuento inédito Como una bola de cañón estrenamos la nueva sección del blog “LETRAS QUE SUENAN”, por Miguel Calzada.

En palabras de Miguel: «Los discos suenan en el altavoz, las letras en tu cabeza. Las notas son almas perdidas en busca de una historia. Las almas que leen y escuchan sólo quieren perderse».

Buena lectura…

 

Somethin’ Else; Grabado el 9 de marzo de 1958 en Hackensack (NJ).

  1. Autumn leaves (Joseph Kosma / Jacques Prevert)
  2. Love for sale (Cole Porter)
  3. Somethin’ else (Miles Davis)
  4. One for Daddy-O (Nat Adderley)
  5. Dancing in the dark (Arthur Schwartz / Howard Dietz)
  6. Bangoon – Alison’s uncle (Hank Jones)

 

Julian Cannonball Adderley: Saxo alto.

Miles Davis: Trompeta.

Art Blakey: Batería.

Hank Jones: Piano.

Sam Jones: Bajo.

Producido por Alfred Lion. Sonido: Rudy Van Gelder. Blue Note Records.

 

COMO UNA BOLA DE CAÑÓN

(Miguel Calzada)

El gordo Cannonball engullía el almuerzo sin saber si era día o noche, primavera o invierno, domingo o sábado. Bastaba con que su saxo siguiese afinado en mi bemol y con que Miles no perdiese la cabeza. El flaco Miles, el hijo del dentista, el genio de humor cambiante que fumaba en el baño mientras los chicos bromeaban.

Era de día, era invierno, era domingo y no volvería a repetirse. Aquel quinteto no grabaría ninguna otra sesión en el estudio de Prospect Avenue, en Hackensack, New Jersey. Pero el gordo Cannonball no lo sabía y se limitaba a engullir el almuerzo y vigilar la puerta del baño, vigilar al hijo del dentista.

Todos se conocían. Art Blakey era un heroinómano de callo curtido y temple a prueba de abstinencias. Estaba allí por ser íntimo del flaco Miles, porque acariciaba la batería como si fuese un ídolo pagano. Y porque había tocado con el enviado de Dios en la Tierra: Charlie Bird Parker. El gordo Cannonball se había traído a Sammy Jones, un amigo de la infancia, para que tocase el bajo. Y también a Hank Jones, hijo de reverendo baptista y pianista veterano. Eran cinco negros en un cuarto de estar de una casa de Hackensack, New Jersey, a 15 millas de Times Square.

Julian Adderley tenía 29 años y desde pequeño todos le llamaban Bala de Cañón, Cannonball. El chico comía demasiado, tenía unos carrillos hinchados y esféricos. Cannonball era lo que había quedado de Cannibal, su mote original. Era de Florida y llevaba tres años en Nueva York. Había sido director de orquesta en un instituto de Fort Lauderdale, la Venecia de América

En principio, el plan del gordo era graduarse en Manhattan. Bala de Cañón se matriculó pero Greenwich Village se interpuso en su camino. Era un barrio trufado de bohemios locos que permanecían de pie en los bares, de cantantes folk que tocaban la guitarra en Washington Square, junto a la estatua de Garibaldi. Los cafés de jazz atraían a los beatniks, los negros y las mujeres. Jack Kerouac estaba en México y todavía no se había publicado On the Road. Era 1955, el gordo Cannonball y su hermano Nat estaban en el Café Bohemia para escuchar el bajo de Oscar Pettiford y el piano de Horace Silver. Había fallado el saxo y la banda necesitaba un sustituto. Entre el público vieron a los hermanos Adderley, con sus instrumentos bajo la mesa (el saxo de Bala de Cañón y la corneta de Nat). “Nunca dejas los instrumentos en el coche en un lugar como New York City”, explicó el gordo Cannonball años después.    

Le subieron al escenario y en lugar de ser comparsa se lució. Llevaba años ensayando los solos de Bird Parker. Después de aquella noche grabó con Savoy Records, donde intentaron promocionarle como nuevo profeta del bebop, el estilo nervioso y contracultural que había renovado el jazz en los cuarenta. Cannonball formó un quinteto y probó suerte, pero el dinero estaba en la costa oeste, bajo el sol de California. En New York City hacía frío y los hombres del jazz vagabundeaban por clubs en bancarrota. Arruinado, Bala de Cañón se juntó al flaco Miles y sustituyó a John Coltrane, que se había marchado a Filadelfia para desengancharse de la heroína, quitarse del alcohol y convertirse en un cristiano renacido.   

Había sido idea de Miles contratar como productor a Alfred Lion, el padre de la discográfica Blue Note. Era un judío de Berlín, pequeño, con gafas, cara sonrosada y aspecto de médico. Mientras el gordo Cannonball terminaba el almuerzo, Alfred hablaba con el técnico de sonido, Rudy Van Gelder, pequeño, con gafas, cara sonrosada y aspecto de técnico de sonido. Rudy había montado aquel estudio en el cuarto de estar de la casa de sus padres, en Hackensack. La casa ya no existe. En su lugar hoy se levanta un sórdido centro de medicina deportiva. Alfred llevaba corbata y Rudy pajarita.

Cuatro días antes los americanos habían lanzado al espacio el Explorer 2, en un desesperado intento de tener su propio Sputnik. Pero el cohete no había alcanzado la órbita y el presidente Eisenhower estaba triste. ¿Cuánto de lejos estaba la Luna? John Kennedy terminaba su primera legislatura como senador.  

Al disco lo iban a llamar Somethin’ else, “algo más”, porque eran tipos acostumbrados a escupir notas y a ser parcos en palabras. No se sabía bien quién era el jefe. El disco iba firmado por el gordo, pero Miles siempre estaba allí, sugiriendo versiones, componiendo el tema que dio título al álbum, fumando en el baño. Suya era la gloria del solo en los primeros surcos, con el inicio de Autumn Leaves, hojas de otoño, adaptación de una canción francesa de los tiempos de la ocupación nazi, con letra de Jacques Prevert.

A Prevert sus colegas del surrealismo (también Breton) le habían despreciado porque sus versos eran “demasiado populares”. En 1946 había trabajado en la película Las puertas de la noche, para la que escribió Les feuilles mortes, las hojas muertas, con música de su amigo Joseph Kosma. En el París de la posguerra, un debutante Yves Montand frecuenta un bistró en el que conoce a un vagabundo que se hace llamar Destino. El vagabundo toca con una harmónica la melodía de Autumn Leaves y profetiza a Montand que esa noche conocerá y perderá a la mujer más bella del mundo. Montand bailará con esa mujer soñada la triste melodía en torno a la que gira toda la historia.

El flaco Miles salió del baño y se acercó a Sammy para darle una palmadita en la espalda. Su mirada se cruzó con la del gordo Cannonball. Los dos blanquitos, Alfred y Rudy, empezaron a comentarle algunos detalles sobre la grabación, y el hijo del dentista escuchaba con atención mientras fingía desinterés. Era típico de él. Le gustaba decir a los músicos lo que no tenían que hacer. Asumía que, si se evitaban determinados movimientos en falso, las musas de la improvisación harían el resto. El gordo era mucho más didáctico, y en sus conciertos reservaba unos minutos antes de cada canción para explicar al público lo que iban a escuchar.  

El gordo terminó el almuerzo y tiró a la papelera el envoltorio de la hamburguesa. Había que volver al trabajo, limpiarse los labios, recuperar el resuello para soplar alto, alto y claro sobre el fondo nostálgico de Autumn Leaves.  

Montand fuma, escucha la melodía, mira al vagabundo que se hace llamar Destino. Y pregunta a sus compañeros del bistró: “¿Conocéis esa canción? La verdad es que yo la he oído, pero ¿dónde?, ¿y cuándo?”. En la posguerra gris sólo queda tiempo para añorar lo perdido, todo lo perdido. “Siempre son tristes las canciones de amor”, sentencia Montand en una última calada.

Algo se estaba rompiendo, haciendo pedazos, expandiéndose en ondas sonoras desde una esquina de Hackensack, New Jersey, a 15 millas de Times Square. En la primera película de Superman (1978), Lex Luthor elegiría Hackensack como epicentro de su fallido cataclismo nuclear. Veinte años antes, cinco negros soplaban, trasteaban, aporreaban sus instrumentos mientras un judío con pinta de médico asentía con la cabeza.    

Las hojas del otoño estaban más que muertas, podridas en rincones del asfalto a los que no había llegado el barrendero. Todavía hacía frío para el gordo Cannonball, que añoraba el clima húmedo y pesado de su Florida natal.

Quedaba un mes para que el flaco Miles fuese definitivamente el jefe. Quedaba un mes para que los tornados barriesen Florida, llevándose por los aires casas enteras. Quedaba un año para la grabación de Kind of Blue, en la que Miles sería el gurú de un nuevo credo y el gordo Cannonball un saxo que hacía de contrapunto a Coltrane. Quedaban 17 años y 5 meses para que el corazón de Bala de Cañón se rompiese, se hiciese pedazos, se expandiese en ondas sonoras, en un último resuello. Una de las últimas cosas que hizo antes de morir fue aparecer en un capítulo de la serie Kung Fu, con David Carradine a la flauta y José Feliciano a la guitarra.

Love for sale, la segunda canción del disco, es caminar por un alambre con cierto estilo y mucha furia. La digestión del gordo Cannonball es un atardecer en Fort Lauderdale, la Venecia de América. Al llegar a One for Daddy-O, el quinteto se desliza sobre las notas de Sammy, que sonríe y pone los ojos en blanco cuando Bala de Cañón llega a lo más alto de la escala. Cuando se agotan las notas, se escucha al flaco Miles decir: “¿Esto es lo que querías, Alfred?”. Y Alfred asiente con la cabeza y los chicos terminan bailando en la oscuridad, Dancing in the dark. En la Gran Manzana acababa de nacer la sobrina del gordo, un bebé insignificante venido al mundo con un bostezo. Bautizada Alison por sus padres, los hombres de Cannonball tocaron para ella un tema de Hank Jones: Bangoon, que significa “despertar” en indonesio. 

No vas a poder entenderlo por más que lo expliques, Bala de Cañón. Los caminos se juntan en un punto concreto de Hackensack, New Jersey, y se separan en el mismo lugar, en el mismo instante. ¿Esto es lo que querías, Alfred? ¿Esto es lo que silbabas? Al gordo Cannonball le preguntaron muchos años después, en los setenta, qué le parecían las excentricidades del loco Miles. La sabiduría del trópico salió de su boca cuando contestó: “¿Sabes? La verdad es que me gusta escuchar a ese tío cuando toca la trompeta. Lo demás no me importa”.

Las persianas están cerradas y no sabes si es día o noche, primavera o invierno, domingo o sábado. Pero créeme, el saxo está afinado en mi bemol y el flaco Miles sigue tocando la trompeta. Jack Kerouac está muerto y la verdad es que ya has oído esta canción, pero dónde y cuándo son respuestas que quizás no quieras conocer. Engulle tu almuerzo y sufre. Sabes que nada de esto volverá jamás a repetirse, ni aquí ni en Hackensack, New Jersey, a 15 millas de Times Square.

Miguel Calzada

 

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3 thoughts on “Como una bola de cañón – por Miguel Calzada

  1. Pingback: El gordo Cannonball y el flaco Miles « LA RECÁMARA

  2. hola, muchas gracias por tu comentario!
    me alegro de que te haya gustado, miguel es un escritor excelente y es para mi un honor alojar sus piezas en el blog.

    si quieres estar al día sobre los próximos posts puedes suscribirte al blog y recibirlos por email. un saludo, Nicola

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