La encrucijada de Robert Johnson – por Miguel Calzada

LETRAS QUE SUENAN

 

¡Hola a tod@s!

Como prometido, el blog vuelve a abrir sus puertas…

Empezamos la nueva temporada con un magnífico cuento inédito de Miguel Calzada: “La encrucijada de Robert Johnson” (2010), que publicamos en la sección del blog LETRAS QUE SUENAN.

Espero que os guste como me ha gustado a mí. Que disfrutéis de lo que queda del verano y gracias por vuestros clicks,

Nicola

  

 

 

La encrucijada de Robert Johnson 

(por Miguel Calzada)

 

No quieras encontrarte en un cruce de caminos cuando la noche huele a sudor y pantano. Pisas el suelo más fértil del mundo y avanzas a saltos sobre los charcos que el Misisipi y el Yasoux han dejado a las afueras de las ciudades de nombres salvajes. Issaquena, Tallahatchie, Coahoma.

Robert Johnson  estaba en la mitad de su camino la madrugada en la que llegó al cruce de la highway 61 con la 49 . Entre campos de algodón,  con la luz de un farol iluminando al Diablo, que le esperaba en la encrucijada de su vida. Aquella noche El Maligno iba vestido de negro y tocaba una armónica hecha de huesos de muerto, cartílagos de muerto, suspiros de muerto.

Johnson tenía 20 años y no quería sudar recogiendo algodón. Había probado a cantar el blues en las tardes de verano. Se había casado y había visto morir a su hijo en el parto. Su padre siempre había estado muerto. A su madre se la tiraba un borracho llamado Dusty Willis.

Johnson tenía fama de ser torpe y vago. Había escapado de las plantaciones para vagabundear por el delta del Misisipi. De Memphis a Vicksburg el cielo era luminoso y dos de cada tres jornaleros eran negros como el carbón de los Estados del norte, un buen lugar para emigrar. En algunos bares podías encontrar a un predicador que arrancaba lamentos de las cuerdas de su guitarra. Se llamaba Son House .

Cuando Son House hacía una pausa, el joven Johnson subía al escenario e intentaba tocar la guitarra. Pero sus dedos no eran tan rápidos como sus deseos. El huérfano Johnson siguió a su ídolo de ciudad en ciudad, intentando imitar su estilo. Pero no había nada que hacer. Un día, Son House se hartó y humilló al pobre chico delante de todos. Le dijo que no sabía tocar, que no sabía hablar, que no sabía andar ni pensar, y que mejor era que se volviese a los campos de algodón con su mamá y con Dusty Willis. Y el chico se fue.    

Cogió la highway 61 con la idea de seguir una línea recta hasta llegar a Minesota, y morir allí de frío. A las afueras de Clarksdale, el poblacho bautizado en honor a uno de los grandes terratenientes blancos, el Fuego se interpuso en su camino. No estaba lejos de donde se había criado, la Dockery Plantation , cuatro mil hectáreas de algodón con su propia estación de tren, iglesia, oficina de correos y escuela. Allí malvivieron también John Lee Hooker  y Howlin’ Wolf . Y Henry Sloan, el primer bluesman de la historia, el indio cherokee que fue maestro de Charlie Patton, quien a su vez fue la primera estrella del incipiente negocio. Patton había enseñado a tocar a Son House, que había roto la cadena al negarse a enseñar nada a nadie.

Robert Johnson lo aprendió todo del Diablo.   

Era un brujo negro, alto, de pupilas dilatadas y anchos hombros. Johnson le dio las buenas noches y se paró a liar un cigarro. El Diablo le preguntó en qué dirección viajaba. Después le pidió que le dejase admirar la guitarra que Johnson cargaba a la espalda. Los dedos del brujo, largos y plagados de anillos, rasgaron las cuerdas antes de afinarlas, una por una, en una tonalidad diferente. Entonces se aclaró la garganta y entonó un blues. Si tocas esta canción, tu alma será mía.

No se sabe si se fue a Minesota o al purgatorio, si recorrió el Delta o los nueve círculos del infierno, pero lo cierto es que Robert Johnson reapareció meses después en Memphis. Tocaba la guitarra mejor que nadie y por las noches aullaba el blues. Cantaba: “Early this morning, when you knocked upon my door, I said, hello Satan, I believe it’s time to go” y pedía a voces que le enterrasen en la carretera, en la highway 61, porque así su “viejo y malvado espíritu” podría coger “el próximo autobús”. Cuentan que Son House se quedó sin habla. Aquel mequetrefe había vuelto y era el mejor, el negro más magnético de todo el Misisipi.  

Johnson cogía su guitarra y desaparecía durante semanas. Recorría el curso del Gran Río, el único Padre que tuvo en vida, y paraba en los pueblos para tocar en la calle. Apenas ganaba dinero, pero siempre pasaba alguna muchacha que se fijaba en él, en sus ojos de brujo, y le invitaba a dormir. Vivía con sus amantes hasta que el novio o marido de turno se presentaba. Entonces agarraba la guitarra y echaba a correr.

Johnson se hizo famoso entre la fauna del blues, fue grabando algunos discos y fascinando a chavales como Muddy Waters , que se subía al escenario cuando él hacía una pausa. En 1936 registró el blues del cruce de caminos (“Crossroad Blues”), en San Antonio (Texas), en la habitación 414 del Gunter Hotel, que entonces era un antro y ahora es un Sheraton .

Tras una gira por St. Louis, fue a parar a Greenwood, en Luisiana, donde tocó en las fiestas de la cosecha y se encamó con una negra que no podía dejar de mirarle. Esta vez el marido no se limitó a correrle por el pueblo y golpearle un poco, sino que le pasó al bluesman dos botellas de whisky envenenadas con estricnina. Después de tres días de convulsiones y agonía, Johnson murió a los 27 años . Era tan pobre que ni siquiera pudo reposar en un ataúd. Le enterraron directamente en la tierra, bajo un nogal que crecía junto a la Money Road, la senda que llevaba al Norte. Era 1938, B.B King se compraba su primera guitarra, comenzaba el éxodo de los negros del algodón hacia las fábricas de Chicago y bajo tierra el Diablo abrazaba a Robert Johnson como quien se reencuentra con un viejo amigo.            

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3 thoughts on “La encrucijada de Robert Johnson – por Miguel Calzada

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